Si pudiéramos infiltrarnos tan sólo unos minutos en la Villa de Ratalandia, historias como la mítica narco-rata son cosas de todos los días.

Conciente de ser una rata amateur de alcantarilla, decidió tomar un curso intensivo en el difícil arte del robo a mano armada, un cursillo de oratoria, técnicas europeas y los avances tecnológicos en la preparación de los barbitúricos, disolventes y benzodiazopines, entre otros; y ya si esto no funcionaba remataría con un diplomado avalado por el Señor de las madrigueras, el gran Quesote y su ídolo la cerradura Guzmán. Asistió puntual a todas sus clases. Tomó la mayoría de las materias optativas. Aprendió todo lo que una rata junkie con pretensiones narcotraficantes debía conocer. Se convirtió en el zar de los estupefacientes, la ratilla más rápida del oeste, feroz y temeraria como una fiera.
Un día observó que lo que menos admiraban en ella era su nueva posición en el mercado de los alucinógenos. Pensó que la única forma de conocer su verdadero valor estaba en la opinión de la gente, así que comenzó a encuestar. Las conclusiones la asombraron.
Meses después, alistada en las filas de la RAFI, no sin antes haber disfrutado de unas merecidas vacaciones en la Ratipenal de Ramolochita, gozó de los verdaderos beneficios de la profesión.
Cualquier parecido con nuestra realidad, ¿será pura coincidencia?
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