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martes, 28 de septiembre de 2010

¿Dónde estás?

Perdí el don de la imaginación. Soy un ser carente. Deseoso de recordar cuándo y cómo logré mi última historia. He pasado las últimas dos semanas, sentado aquí, frente a esta pantalla, tecleando inicios que nunca sabré su final. Perdí la cuenta en las tazas de café, la cajetilla de cigarros y los lápices rotos en el intento por recuperar la imaginación.


Ayer escribí en un momento de iluminación tres estrategias. Nunca sabré si las llevaré acabo. He dibujado más de cinco historias que no logró plasmar en letras. Hoy tomé la decisión de salir, la calle me da miedo, pero es necesario cazar. Me urge escribir una historia, reconciliarme con imaginación. Caminé con los sentidos abiertos, escuché pláticas ajenas, espíe a los transeúntes, me convertí en actor por un día, realicé un performance, grité fuego a mitad del vagón del metro, lloré sin razón alguna en la banca del parque ¡pero nada!, imaginación parece haber huido de mi.


Me duele hasta el pensamiento, el cabello se me cae, mi mascota ha muerto, perdí el aniversario de mis padres, no recuerdo cuándo fue la última vez que tuve contacto con mi madre, es más ¿tengo aún madre? ¡No importa!, me urge escribir una historia. No queda tiempo ya, es la historia o mi vida.


He leído más de tres veces todos y cada uno de los tomos de mi biblioteca personal, ingresé a miles de blogs de adolescente que sienten que la vida no tiene sentido, en un acto casi suicida asistí al maratón de películas de baja calidad con alto contenido romántico-cursi-meloso, me he plagiado a mi mismo y nada, imaginación parece haber huido, lejos muy lejos de mí.


He ejercitado mi mente, comencé por reproducir azarosamente las cinco mil pistas piratas de mi computadora, parafraseando el inicio de algunas, copié y pegué notas periodísticas.


He descrito, analizando y diseccionado más de doscientas imágenes entre pinturas famosas, fotografías de calidad y otras no tanto. Me urge una historia. 


Hace tres semanas, asistí al kinder, me entreviste con los niños más adelantados de su clase, me asusta que tengan más imaginación que yo. Salí llorando. Ya no me urge, ahora suplico por una historia.


Maldita sea, imaginación ¿dónde estas? Me ha dado artritis computacional, pereza mental, frustración literaria, parálisis creativa. Un poco más y moriré en tu búsqueda.

La rata que soñaba con ser narco


 Si pudiéramos infiltrarnos tan sólo unos minutos en la Villa de Ratalandia, historias como la mítica narco-rata son cosas de todos los días.
Había una vez una rata que deseaba con todas sus fuerzas convertirse en el zar de los estupefacientes y alucinógenos. Imaginaba lo excitante de la profesión y los beneficios de ésta. Visitaría los narco-túneles mas chick de la región como toda una Heterocephalus glaber, compraría los carísimos trajes camoufler exportados por sus socios los cangrejos ermitaños, adquiriría  experiencia en la reconocida academia de las Viperinae, la diplomararían como ponzoña en los banquetes para eliminar a los rivales políticos.
Conciente de ser una rata amateur  de alcantarilla, decidió tomar un curso intensivo en el difícil arte del robo a mano armada, un cursillo de oratoria, técnicas europeas y los avances tecnológicos en la preparación de los barbitúricos, disolventes y benzodiazopines, entre otros; y  ya si esto no funcionaba remataría con un diplomado avalado por el Señor de las madrigueras, el gran Quesote y su ídolo la cerradura Guzmán. Asistió puntual a todas sus clases. Tomó la mayoría de las materias optativas. Aprendió todo lo que una rata junkie  con pretensiones narcotraficantes debía conocer. Se convirtió en el zar de los estupefacientes, la ratilla más rápida del oeste, feroz y temeraria como una fiera.
Un día observó que lo que menos admiraban en ella era su nueva posición en el mercado de los alucinógenos. Pensó que la única forma de conocer su verdadero valor estaba en la opinión de la gente, así que comenzó a encuestar. Las conclusiones la asombraron.
Meses después, alistada en las filas de la RAFI, no sin antes haber disfrutado de unas merecidas vacaciones en la Ratipenal de Ramolochita, gozó de los verdaderos beneficios de la profesión.
Cualquier parecido con nuestra realidad, ¿será pura coincidencia?